EMPRENDEDORES EN EL AULA
Emprender supone enfrentarse a una serie de circunstancias, en la mayoría de los casos, desconocidas.
Es más, requiere enfrentarse a las propias debilidades, al entorno, y a los desafíos que nos depara cada
día. Hablar de “espíritu emprendedor”, nos aproxima a esa fuerza que nos alienta y fortifica en la acción.
Ello, puesto que necesitamos de esa disposición para hacernos cargo de los cambios y transformaciones,
carencias y/o anomalías existentes en el mundo que habitamos; por tanto, no es de extrañar que si abordamos
el emprendimiento social, como quehacer propiamente humano, encontraremos como valores que
lo animan, la fortaleza interior, la perseverancia, un profundo conocimiento, comprensión y compromiso
con el devenir de sí mismo y de los pares, incluso, yendo más allá de los obstáculos o fracasos momentá-
neos.
Por tanto, el espíritu emprendedor se vincula estrechamente con una disposición a rastrear tendencias
y cambios del entorno que nadie ha visto o a las que no se les ha prestado atención.4
De este modo, la
persona que ha desarrollado este espíritu emprendedor, logra hacer una lectura y un análisis del contexto
en que se encuentra, sea éste institucional, local o de mayor amplitud, leyéndolo de manera tan singular,
que percibe con precisión, la necesidad existente y la vía por donde la respuesta a esa necesidad debe
ser construida. En ese momento, el emprendedor ha descubierto una oportunidad y los recursos para
aprovecharla. Aquí radica una de las habilidades centrales de un emprendedor, la cual le permite originar
emprendimiento.
La concepción de emprendimiento que aquí se propone, no solo considera la capacidad de generar un
negocio o una respuesta interesante o innovadora ante el medio, en pro del mejoramiento de las condiciones
productivas, sino que incorpora plenamente la capacidad de conformar situaciones que permitan
gestionar una innovación o respuesta creativa ante las situaciones de la vida colectiva cotidiana, es decir,
que proponga un reto más allá de lo habitual.